31 de julio de 2008

Libros

No puedo evitarlo, es más fuerte que yo.
Cada vez que un libro cae entre mis manos, no puedo dejar de leer, de sumergirme en un mundo que pasa a ser mío y del que me cuesta despegar.
Y cuando sucede, cuando tengo que desviar lo ojos y el corazón de la lectura, me siento aturdida mirando alrededor como si de pronto hubiera sido transportada a otro lugar, como si lo que me rodea (la gente en el andén, la TV encendida, el ringtone del teléfono) no existiera en realidad: todo es virtual los ruidos, los colores y las formas, como un gran Matrix al descubierto.
Pero no me sucede cualquier libro, solo aquellos que forman parte de una lectura especial en un contexto determinado.
Asi devore, algunos autores de la colección Robin Hood, Poldy Bird y Elsa Bornemman. Cortazar, Girondo, García Márquez, Denevi, Gelman y Galeano. Y más acá en el tiempo me secuestraron Shua, De Santis, Sasturain, Dolina y Carolina Aguirre, entre otros. No puedo evitarlo: olvido las obligaciones y deberes, me ahorro la comida y el sueño, no dejo de calcular el momento en que pueda retornar a ese otro universo que me seduce. El mundo se divide entre el tiempo metida en mi libro y todo lo demás…
No es grave, solo una manía de esas tantas que me cuesta controlar. Una rareza, si cabe.
Recuerdo los veranos en Valeria del Mar: acampábamos no muy cerca del centro comercial y en los días nublados el mayor divertimento era revolver en las bateas de compra y venta de libros usados, llevándonos montañas de revistas y libros. Todavía tengo la sensación de la arena bajo los pies y los alaridos de mi mamá: yo tenía por costumbre (y aún la mantengo) de leer en la calle mientras caminaba, deteniéndome sólo en las esquinas cuando el aullido materno prologaba la cercanía de un auto...
Amo esos libros y cuando leo hacemos un pacto: yo les creo todo, todo.
Y ellos me envuelven, me cobijan, me sumergen, me elevan

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