3 de septiembre de 2007

Erase una vez un Juan


Había una vez un libro que rescaté de una batea, en una polvorienta pero adorable librería del Gran Buenos Aires. Y ahí, desde sus páginas, me asaltó un Juan Gelman con imágenes y sabores, en una plegaria profunda:


Habítame, penétrame.
Sea tu sangre una con mi sangre.
Tu boca entre a mi boca.
Tu corazón agrande el mío hasta estallar.
Desgárrame.
Caigas entera en mis entrañas.
Anden tus manos en mis manos.
Tus pies caminen en mis pies, tus pies.
Árdeme, árdeme.
Cólmeme tu dulzura.
Báñame tu saliva el paladar.
Estés en mí como está la madera en el palito.
Que ya no puedo así, con esta sed
quemándome.

Con esta sed quemándome.
La soledad, sus cuervos, sus perros, sus pedazos.






(Gracias Gabo Ferro, por "Mi testamento en tu espalda" y gracias O. por acercarlo a mis oídos)

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