4 de septiembre de 2007

Magia de domingo

Una tarde de domingo iba yo sentada en mi burbuja muy oronda, mirando como el sol, que entraba por la ventanilla del tren, calentaba mis piernas sobre las que se desparramaba el diario. Pasaba la ciudad, ojos-de-videoclip-oídos-de-MP3, con sus gentes en las calles, con los niños que desaparecían veloces ante la marcha del gusano de hierro, con su fauna y su flora de primavera recién despierta… En eso, y desde el pasillo, un par de manos hermosas hicieron desaparecer un pañuelito violeta ante mis ojos y los de todos los que estábamos en el vagón. Me arranqué los auriculares y emergí de la burbuja, casi violentamente.
Lo miré. Un señor alto, de cabello negro peinado en una trenza que poco tenía de femenina, iba y venía por el ínfimo espacio entre lo asientos, demostrando sus trucos, su habilidad manual y su verborragia. Hizo varios despliegeues de su destreza en estos menesteres con manchitas que aparecían y luego se iban de los palitos encantados, sin que nadie supiera adónde iban a parar; con una carterita en la que guardaba una moneda para luego no encontrarla allí: desaparecía (tan parecida a mis bolsillos, ja!) y hasta una varita mágica con la que sacaba música de la agarraderas de los asientos… Y todo esta exhibición, no era gratis: tenia un valor…
Una bolsa maravillosa hecha de papel de regalo que contenía nada más (y nada menos) que: -“¡120 trucos de magia, 2 horas y media de diversión garantizada!”- cantaba a voz en cuello el mago/vendedor ambulante- “Explicaciones en un folleto íntegramente en castellano. Y todo esto por solamente: ¡1 peso!”
Y allí estaba yo, con mi mano extendida, dispuesta a ser dueña por tan vil precio de los secretos de la gente que más fascina a grandes y chicos…

Y ahí quedé yo con mi moneda, sobre mi mano extendida. El mago/vendedor ambulante había estado vendiendo ilusiones desde muy temprano, y ya no le quedaban una bolsita de magia para mí y otros cuatro que nos debatíamos entre la desilusión y la vergüenza…
¡Que cerquita estuvo! ¡Que alegría encontrar en un viaje de rutina una situación, un momento que lo convirtió en algo para recordar y para compartir…
El próximo domingo intentaré tomar el tren a la misma hora… Quien sabe…

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