Y la doctora preguntó cuáles eran los antecedentes médicos familiares.
Y ella comenzó a enumerar: la mamá, la tía materna, la abuela (materna también)…
Y con una pregunta tan simple, se corrió el velo de una herida que creía sanada: no sabía nada, nadita de su padre.
No sabía nada de una parte de su historia.
“¿Diabetes, colesterol, problemas cardíacos?”
Nada.
La forma de los ojos, la manera de reírse, la textura de la voz.
Nada.
Ni una imagen.
Salvo la que puede hacerse una persona a los 13 años, a través del relato de su madre.
Y estar llenando los huecos a fuerza de imaginar.
Ya no le susurraba en sueños la ausencia del padre fantasma.
Pensó que había pasado el tiempo suficiente, pero estaba a la vista que no.
Que la incertidumbre y un poco de bronca y un poco de curiosidad seguían dando vueltas como en la adolescencia.
Y los huecos los llenaba ahora con una serie de padres que iba adoptando por donde pasaba.
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